Todavía no hemos dado por concluido este curso político cuando ya estamos pendientes de las novedades que nos deparará el próximo. Vox se ha asegurado de momento la atención del respetable con un anuncio ciertamente sorprendente: una moción de censura contra Pedro Sánchez. No soy yo de los que se mofan de ella. De hecho me parece un movimiento audaz de marketing político.

Vaya por delante que el objetivo de Abascal no es, ni de lejos, mover a Sánchez de la Moncloa –lo necesita para seguir creciendo–; tampoco quiere, como se apresuraron a decir socialistas y Podemos, hacerle una moción de censura a Casado –esa es la lectura fácil y superficial del asunto–. No, lo que Abascal pretende es marcarse una campaña de publicidad a costa del erario público, algo que, dicho sea de paso, le permite su posición de tercera fuerza en el Congreso. Me explico: los patriotas verdes llevan meses estancados en las encuestas, ni chicha ni limoná, y necesitan un achuchón en sus grupos de WhatsApp y redes sociales para mantener a sus fieles en modo “pecho palomo”. En ese sentido la moción de censura les va a propiciar jugosos minutos de telediario y todos los focos que este tipo de iniciativas llevan consigo. Abascal podrá sentirse por dos días jefe de la oposición; le tenderá la mano al PP –obligado a rechazarla– y después les regañará –sin mucha saña– por ser unos patriotas “cobardicas” y por ponerse siempre de perfil cuando la Historia (para Abascal la Historia siempre es en mayúsculas) los convoca a las grandes cruzadas.

Cabe preguntarse si con la moción de censura conseguirá Abascal mejorar sus intenciones de voto. No lo sabemos, probablemente no, pero al menos habrá hecho lo correcto para cortar las fugas; porque hay que tener en cuenta –y en el fondo éste es el verdadero quid de la cuestión– que el estancamiento que vive el partido puede generar frustración en ciertos votantes de derechas que, quizá, sientan la tentación de regresar a la casa madre (PP), donde las expectativas electorales contra Sánchez parecen más certeras. Así pues la moción de censura de Vox, más allá de una campaña de marketing, es un ejercicio de cimentación interna, un apretar las filas para empezar el curso con cierta sensación de fortaleza y solidez.

Por otro lado, esto de hacer una moción perdedora para proyectarse no es nada nuevo. Ya lo inventó Felipe González en 1980 y ganó mucha presencia mediática frente a un Suárez presidente; Hernández Mancha probó suerte en el 87 y más le hubiera valido quedarse quieto porque su imagen y la de su partido quedaron por los suelos; finalmente, y hace tres años, fue Pablo Iglesias quien se regaló dos días de parloteo en el Congreso en torno a su persona. En definitiva, nada nuevo bajo el sol. Llegará septiembre y tendremos nuestra dosis de Abascal. A ver si para entonces ha recibido clases de oratoria porque es, de lejos, el líder que peor se expresa subido a una tribuna.

Decía Gila en uno de sus chistes más famosos que cuando él nació su madre no estaba en casa. El absurdo funciona porque ciertamente lo mínimo que se precisa para nacer es la presencia de una madre que, por poco que parezca, ya es mucha compañía. Quizá nuestra idea de la muerte no fuera tan terrible si nos pudieran asegurar de antemano un trato similar al del nacimiento, es decir, una caricia –un pecho protector– que nos acompañe en el penoso trámite de apagar la luz.

Esta semana, entre las celebraciones por la clasificación europea del Granada –ole con ole– y las negociaciones en Bruselas, ha pasado desapercibida una noticia que siento sobrecogedora: cincuenta y nueve víctimas del Covid-19 han sido enterradas en Madrid sin que nadie haya reclamado sus cadáveres después de varios meses en la morgue. Pasamos por esta vida con el modesto propósito de dejar una huella amable e imperecedera en dos o tres personas, somos humanos, la empatía y la sociabilidad son nuestras señas de identidad y sin embargo cada vez hay más personas con muertes inhumanas, muertes solitarias, muertes de perro que diría Francisco Ayala. He buscado infructuosamente los nombres de estos abandonados para consignarlos en este artículo; pensaba que así, juntando sus apellidos unos sobre otros conseguiría otorgarles cierta visibilidad póstuma; quizá ustedes, al encontrarse con una acumulación de nombres vacíos les concedieran ese minuto de reflexión y despedida del que nunca gozaron. Sucede además que la mayoría de estas cincuenta y nueve personas eran mayores de sesenta y cinco años, lo cual indica –casi con total seguridad– que antes de convertirse en cadáveres olvidados fueron ancianos olvidados y, honestamente, no sé qué es peor. Lo más desconcertante del asunto es que, a nivel estadístico, estos cincuenta y nueve cadáveres solitarios son un registro moderado (y hasta optimista). En la Comunidad de Madrid han muerto más de 13.000 ancianos a causa del Covid-19 y de entre los mayores que han sobrevivido hay 270.000 en situación de soledad (la mayoría de ellos involuntaria).

Permítanme una confidencia. Mi padre y yo tuvimos la oportunidad de despedirnos antes de su muerte. No obstante, cuando el médico lo sedó cometí el error de pensar que todo había terminado. Lo dejé solo en su cama y de tanto en tanto entraba al dormitorio para observar su apagada relajación. En uno de estos paseos advertí que mi padre había variado la posición de las manos. Las había juntado para entretejer los dedos en un gesto de descanso muy propio de él. Siempre me voy a reprochar no haber acompañado ese último movimiento, es por eso quizá que la noticia de estos cincuenta y nueve cadáveres solitarios me ha impactado de forma particular. Puede que a nivel estadístico no sean relevantes pero es que, si miramos bien, las estadísticas nunca arrojan luz sobre los asuntos verdaderamente importantes de la vida, por ejemplo, succionar el pezón de tu madre por primera vez o mover las manos un par de centímetros en espera de la muerte.

Contra lo que normalmente se piensa la moderación no es atributo del centro político. La moderación es una cualidad –o una forma de ser quizá– que puede articularse desde cualquier opción ideológica sin que eso suponga renuncia alguna a unos objetivos políticos. No conviene leer los resultados de las pasadas elecciones vascas y gallegas en clave nacional –ambas comunidades tienen unas particularidades muy acentuadas–, pero sí que podemos extraer una conclusión de orden casi sociológico: la moderación ha ganado por goleada a la radicalidad. Y no me refiero sólo a los vencedores parlamentarios (Feijoó y Urkullu), sino a la foto fija que las urnas han dejado en ambos territorios. En Galicia Feijoó, la cara más moderada del PP, ha vuelto por sus fueros con una cuarta mayoría absoluta, lo cual supone un éxito indiscutible. La estrategia de campaña era sólo una: dejar hablar a Feijoó y mantener en silencio al ala más radical y lenguaraz del partido, léase Álvarez de Toledo y García Egea. Es obvio que ha funcionado. Entre los derrotados, el principal, la marca gallega de Podemos cuyo cainismo inclemente les ha llevado a cosechar el cero patatero que en justicia merecían.

En Euskadi más de lo mismo. No ha habido lendakari peneuvista menos identitario que Urkullu, tanto ha sido así que le ha robado votos a un PP vasco que, entregado al discurso trasnochado de Iturgáiz, se ha metido el enésimo batacazo en tierras vascas. Alguien puede pensar que la ascensión de Bildu supone un triunfo del radicalismo. No tal. La campaña abertzale ha sido la más suavita que se recuerda. Ni grandes alharacas independentistas ni grandes llantos por los presos. Se han centrado en mostrar un perfil social para captar ese voto desencantado con la nefasta deriva de Podemos, lo cual resulta ciertamente moderado cuando –como es el caso– se viene de estar instalado en la barbarie. En definitiva, parece que los electores –cada cual dentro de su espectro ideológico– han premiado el pragmatismo moderado y silente frente a la especulación más vocinglera. En este sentido cabe señalar que los dos partidos peor parados (Podemos y Vox –Ciudadanos no juega, es cascarón de huevo–) adolecen en su seno de una facción moderada que alivie, siquiera estéticamente, la imagen rocosa de sus líderes. Los morados doblegaron a golpes de asamblea su alma moderada (Errejón). Vox, por su parte, ni siquiera precisa justificación interna: la radicalidad vive en ellos, es su manera de estar en el mundo. No es casual que el ascenso de ambas formaciones se diera en dos contextos de crisis que podríamos etiquetar de “rabiosos”: Podemos durante la crisis económica y Vox durante la territorial (Cataluña). En ambos casos amplios sectores de la población optaron por soluciones radicales. Ahora es distinto, lo que inquieta a la ciudanía no son tanto las injusticias sociales o el agravio nacional como la angustia ante un futuro impreciso y volátil. Es por eso que están ganando los candidatos moderados. Los electores intuyen que cuando llega el precipicio no acostumbran a saltar.

Desde hace dos semanas, todos los días, los informativos de la televisión pública reservan unos minutos para que los españoles sepamos a qué han dedicado los reyes su jornada laboral. Así, hoy están probando melocotones en Murcia para animar al agro español, mañana en Sevilla apoyando al sector turístico y pasado en una fábrica de Aragón con el pequeño empresariado turolense. En todos los planos exteriores, indefectiblemente, aparece una valla con señoras y niños que agitan banderas y gritan vivas a sus majestades.

Es muy probable que sea yo el articulista más lerdo de cuantos tiene este país, pero aun así –como a cualquier hijo de vecino– me molesta que me tomen por tonto. La Casa Real (en connivencia con este Gobierno “republicano”) ha programado una campaña de contrapeso informativo para maquillar, dentro de lo posible, la vergüenza que crece en torno al emérito rey Juan Carlos. El mensaje es meridiano: Felipe VI es un profesional serio, riguroso y preocupado por los problemas del país; no es la monarquía lo que ha fallado sino un “señor” particular que quizá se pasó de campechano. Es importante que todos comprendamos el paso al frente que da nuestra monarquía. Puede que ayer fuera campechanamente imperfecta, pero hoy…, hoy es la transparencia personificada en un señor irreprochable de actitud inmaculada. Muy bien, perfecto, aquí va mi genuflexión más respetuosa, pero permítanme que con ella deslice también, y entre dientes, un indescifrable: “tararí. tararí”.

Yo comprendo perfectamente que el país no está ahora para aventuras de cambio de régimen pero, por favor, que no nos hagan comulgar con ruedas de molino. ¿Alguien de verdad quiere creerse que en 2011, cuando el emérito rey Juan Carlos legó en herencia esa millonada a su hijo, fue sin el conocimiento de éste? ¿Alguien de verdad quiere creerse que Felipe VI –en plena crisis y mientras su padre daba un discurso de navidad “solidario”– ignoraba la estancia del dinero en Suiza a salvo del fisco español? Pues muy bien, créaselo quien quiera, yo no. De hecho me parece que es Felipe VI el ciudadano español que mejor conocía la arquitectura fiscal de su padre; lo contrario, supondría una negligencia impropia de una institución tan sofisticada como la Casa Real.

No obstante el fallo no está en el rey emérito, cuyas aventuras, negocios y ligerezas eran conocidos de sobra en las altas esferas (y en las bajas: ese trabajador de Baqueira Beret, ese guardia civil que ejerce de escolta…); el fallo tampoco está en Felipe VI, que hace lo que puede; el fallo está en la propia monarquía, en la herencia consanguínea de un cargo inviolable y sin fecha de caducidad que aboca, irremediablemente, a la relajación ética y al desapego de la realidad de todo aquel que lo ostenta. Es por eso que hasta el más magnánimo de los reyes (y sus familias) se ha lucrado siempre en el ejercicio de sus funciones. Ni Juan Carlos I ni Felipe VI –con campechanía o sin ella– van a ser una excepción.

El domingo pasado hubo elecciones municipales en Francia y el partido Europa Ecología Los Verdes (EELV) obtuvo un triunfo para muchos inesperado. Los ecologistas se hicieron con alcaldías tan notables como Lyon, Burdeos, Estrasburgo o Grenoble. Eso supone gestionar varios millones de euros en favor de varios millones de ciudadanos. El ecologismo francés, como ya ocurriera en Finlandia, Alemania, Austria o Países Bajos ha encontrado un espacio propio –y no menor– en el tablero político. Podemos pensar que se trata de una moda pasajera, la carambola de unas elecciones “menores” donde buena parte de los electores (40%) se ha quedado en casa. No lo veo yo tan claro. En Europa, a corto y medio plazo, los partidos ecologistas van a ser, si no los gobernantes, sí el sostén de muchos gobiernos. La ola verde viene del norte, impulsada en buena medida por unos votantes jóvenes que han encontrado en el cambio climático su “revolución”, su lucha generacional, y para quienes los partidos convencionales representan las viejas dialécticas que no han dado solución a las nuevas crisis.

¿Pero son sólo los jóvenes? No, es la propia deriva del planeta la que rema a favor de la ecología como actor político. La pandemia del Covid-19 nos ha recordado nuestra debilidad como especie y ha desvelado notables sinsentidos en nuestra manera de generar riqueza. El paradigma convencional (incluso en los partidos “progres”, más cercanos de boquilla al ecologismo) era el siguiente: primero un desarrollo industrial fuerte que nos asegure estabilidad económica, y luego, ya con el cuatro por cuatro en el garaje, vendrá lo verde. Durante un tiempo sirvió, pero hoy sabemos que ya no hay más chicle que estirar, o conseguimos que la ecología sea un factor de crecimiento económico o los efectos del deterioro del planeta provocarán nuevas y demoledoras catástrofes que acabarán con la vida tal y como la conocemos. No es ciencia ficción. Es ciencia sin más, son datos mensurables.

¿Y a España? ¿Llegará la ola verde? A corto plazo no parece sencillo. Falta tradición y sobre todo un partido sólido con un rostro reconocible que avale el discurso. Hasta ahora las formaciones ecologistas se han diluido en candidaturas más o menos progresistas que han usado “lo verde” de un modo instrumental y electoralista. Más allá de eso, y en un contexto dominado por el paro y la precariedad laboral, es muy difícil que el ciudadano cambie el paradigma y asuma que ecología y economía son ramas de un mismo tronco. De momento nuestra única alternativa es que lo verde se nos imponga desde arriba, desde los distintos gobiernos municipales, autonómicos, estatal y, sobre todo, europeo. Ojalá nos salve Europa (a nosotros y a sí misma), ojalá –esta vez sí– cojamos el barco del progreso en la primera estación. Dice la RAE que ecología es esa parte de la biología que estudia “las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio en el que viven”. Si nos paramos a mirar, ¿no debería ser eso la política?

A muchos granadinos no les suena de nada el nombre de Leopoldo Torres Balbás. Y sin embargo debería formar parte de nuestro Olimpo cultural más reconocido (y reconocible) junto a personalidades como Lorca, Falla o Hermenegildo Lanz, por ejemplo. Granada, que a menudo ha sufrido los rigores de la mala pata histórica y el mal gobierno, tuvo un inesperado golpe de suerte allá por 1923, cuando este arquitecto madrileño –salido de la Institución Libre de Enseñanza– recaló en la ciudad para hacerse cargo de la conservación y restauración de la Alhambra. Con él llega el rigor científico a nuestro monumento y una escrupulosidad que, hasta entonces, había sido ignorada en beneficio de unas fantasías orientalistas que quedaban muy bien para las fotos románticas, pero que maltrataban el conjunto arquitectónico. Si la Alhambra es hoy un referente del patrimonio mundial se lo debemos en su mayor parte a Torres Balbás. El patio de Machuca, el Partal, el Generalife o el patio de los Leones no serían lo que son sin la ortodoxia científica de este hombre menudo, con bigotillo de la época y obsesionado por su trabajo. Precisamente fue una intervención en el patio de los Leones lo que llevó a Torres Balbás a las portadas de los periódicos locales en 1934. Decidió sustituir el cupulín con tejas de colores que había en el templete de levante por una cubierta piramidal, más sobria y técnicamente más adecuada. Esa Granada sentenciosa, de formación escasa y eternamente enamorada del rito (y el grito) se conjuró contra el arquitecto conservador de la Alhambra para “tumbarlo”. Su pecado: preferir el estudio riguroso al folclore romántico. También ayudó su condición de forastero y la silenciosa envidia de algún predecesor con mala baba. Sea como sea lo que separó a Torres Balbás de la Alhambra no fue el templete del patio de los Leones sino la Guerra Civil que dos años más tarde llegaría para cerrar definitivamente su ciclo alhambreño.

Todo esto, y mucho más, se puede ver en “La Alhambra en juego”, un delicioso documental que el director y productor granadino José Sánchez-Montes sacó a la luz durante el confinamiento. La película se debería haber estrenado el 10 de abril, pero ante la imposibilidad de una proyección normal Sánchez-Montes decidió colgarlo en Internet. A día de hoy son más de ciento veinte mil los espectadores que han buceado por el idilio entre Torres Balbás y la Alhambra; en este sentido la obra de Sánchez-Montes está contribuyendo de un modo decisivo a que la figura de Torres Balbás llegue a eso que llaman “el gran público”, pues entre los aficionados y estudiosos del monumento nazarí su labor ya era sobradamente conocida. Por cierto, ahora que sale a colación Sánchez-Montes no me quiero despedir sin recordar “Cines del Sur”, ese festival que la Junta dejó morir y que traía a nuestra ciudad historias cotidianas de mundos lejanísimos que, a menudo, están a menos de cinco horas de avión. ¿No era que queríamos la capitalidad cultural? Pues mira, igual está bien recuperar los buenos proyectos perdidos.

La semana pasada se aprobó en el Congreso (sin ningún voto en contra) el Ingreso Mínimo Vital para que 850.000 hogares (dos millones y medio de ciudadanos) tengan un asidero económico al que agarrarse mientras pasa la tormenta de la crisis. También muy sonados han sido los 3.750 millones destinados a impulsar la reactivación del sector del automóvil. Siguen en la mesa los agentes sociales para ver hasta cuándo se prorrogan los ERTES, y no es descabellado que sindicatos y empresarios acaben por convencer al Gobierno y las ayudas se estiren hasta final de año. En lo que respecta al turismo se ha activado un plan de 4.260 millones que, según voces expertas, pueden quedarse cortos. Todos estos datos apuntan a que, en principio, esta crisis no tendrá una salida de corte neoliberal, como la de la década pasada, sino más bien todo lo contrario. De hecho, tampoco la crisis de 2008 tuvo una salida netamente neoliberal. Es cierto que el Estado adelgazó de lo lindo –sobre todo en educación, sanidad y asuntos sociales– pero fue el Estado quien cargó con la convidada de los bancos para evitar que los pequeños ahorradores se fueran a pique. En este sentido podemos decir que el modelo fue mixto (y paradójico): neoliberal de mitad de escalera para abajo y social de mitad de escalera para arriba.

Si miramos con detalle las críticas al Gobierno –buena parte de ellas muy justificadas– apuntan a la gestión de la crisis pero nunca al modelo de recuperación elegido. No se escucha desde la bancada liberal grandes reproches al “intervencionismo” del Gobierno para mantener a flote los sectores productivos del país. Nadie clama: “quédese usted quieto y no meta un euro más, ya se encargará el mercado por sí solo de regular el sector del automóvil”. No, nadie lo dice. Y es que tienen los gurús liberales ese puntillo gracioso. Cuando das dinero callan, cuando pides gritan. Todas sus señorías saben que la mejor solución ante una crisis global es tener un Estado fuerte y solvente, y cuanto más solvente, más rápida es la solución. Cabe recordar que un Estado fuerte no es de ninguna manera una mole paternalista y granítica que dirige la vida de la gente, sino una tupida red de instituciones preparadas para responder a las necesidades “vitales” de una comunidad. En el entrecomillado de “vitales” es donde va lo “social” del asunto. La mejor manera de crear un Estado dinámico y eficiente es invertir en él, dotarlo de personal cualificado y herramientas cercanas al ciudadano. Dice el viejo axioma liberal que el dinero está mejor en el bolsillo de cada cual. Me parece una visión simplista y hasta cierto punto farisea. Digna de colonos del lejano Oeste. ¿Qué pasaría en estas circunstancias con ese dinero tan bien guardado en los bolsillos? ¿Nos salvaría como país? Me temo que no. Precisamos una hucha fuerte, colectiva y bien administrada. No es sólo un cortafuegos a prueba de desastres; es también y sobre todo una forma evolucionada de justicia.

La crispación no surge de un arrebato puntual; no es una “volaera” de fulanito que misteriosamente prende en el ánimo de una sociedad. ¡Qué va! La crispación es un proceso diseñado que persigue un fin concreto, en este caso, tumbar al gobierno. La parte más montaraz de la oposición ha olido sangre y siente que un gobierno debilitado por la gestión de la crisis y por sus propios errores puede caer si se genera un ambiente de fuerte contestación social. Muy bien, en su derecho está cada cual de hacer la oposición que considere, con independencia de las circunstancias por las que esté pasando el país. Conviene no obstante que los instigadores de la crispación estén preparados para caer en su propia estrategia. El viento es caprichoso y no siempre lleva el fuego hacia donde el pirómano quiere. Digo esto porque desde que Vox empezó con su campaña de “cacerolas por España” no hay encuesta en la que no pierda un buen puñado de escaños.

Para construir un estado de crispación lo primero es llevar el lodo al Parlamento; es preciso rebajar al máximo las virtudes del parlamentarismo y utilizar el turno de palabra para tirarse al cuello del adversario; y si puede ser con un insulto travestido de astucia, mejor que mejor. Especialistas en este tipo de fealdades hay varios, pero digamos Abascal, Cayetana y Pablo Iglesias por decir algunos. Este primer indicio de crispación no es preocupante. Se da en todas las legislaturas y forma parte de “show business” de nuestras principales vedettes. Más inquietante resulta el segundo paso, cuando la crispación sale del Parlamento para instalarse en los medios de comunicación. Ahí ya hay que empezar a torcer el morro.

Lo estamos viendo en las últimas semanas. Todo medio, lo reconozca o no –y más allá de informar– funciona como legítimo transmisor de una corriente ideológica. Se sabe que la crispación parlamentaria ha alcanzado a los medios cuando los editoriales se encrespan, cuando los articulistas más sobrios pierden el equilibrio y, sobre todo, cuando las investigaciones de cada cual se cruzan en un baile de filtraciones contradictorias: mis pruebas dicen que Marlaska miente, las tuyas que miente la Guardia Civil. Mis pruebas apuntan a que ya había alarma el 8M, las tuyas demuestran lo contrario. La mayoría de ciudadanos acaban creyendo finalmente lo que quieren creer, porque el baile de datos y medias verdades acaba por desconcertar al lector más avezado.

La fase tercera (y final) de un buen proceso de crispación se alcanza cuando el nerviosismo se instala en las calles, cuando el vecino te suelta una chapa política en el ascensor sin que tú le hayas pedido opinión, cuando una bandera deja de ser un símbolo general para convertirse en uno particular (y discriminatorio: discrimina a los que sí de los que no); en definitiva, cuando la bulla política atraviesa la pantalla de la tele y se instala en la mesa del comedor. No se sabe de antemano quién gana en estos procesos de crispación pero sí quién pierde: la concordia y la verdad.

El otro día, mientras daba un paseo por el Realejo, me fijé en un curioso cartelito que anunciaba la desaparición de un agapornis. Si alguien lo encontraba debía llamar a un número de teléfono. Sería recompensado. Son los agapornis unos loritos muy simpáticos cuya principal cualidad estriba en una testaruda monogamia. Dice la leyenda que si uno muere el otro se precipita de cabeza a la misma muerte porque, sin su lorito del alma, la vida carece de sentido. De hecho se les conoce vulgarmente como “inseparables”. Pues bien, parece que un agapornis granadino ha roto con siglos de herencia genética y, después de dos meses y pico de confinamiento, le ha dicho a la pareja “ahí te quedas, prenda, que yo me largo”. Lo que suena a chiste para los agapornis no lo es en absoluto para los humanos. La cuarentena ha generado un desbarajuste sentimental sin precedentes en el “cuore” de los españoles. La “obligación” de compartir las veinticuatro horas del día les ha servido a muchos –más allá de ordenar el trastero– para pasar el trapo por el espejo empolvado de su relación y ver lo que llevaban tiempo sin mirar: la realidad. Es en este punto donde cobra sentido el verbo “convivir”. El prefijo “con” nos anuncia la presencia insoslayable del otro. “Vivir” es relativamente sencillo; lo difícil es “convivir”, o sea, asumir al otro en toda su complejidad. Qué lista la lengua, ¿verdad?

No es una cosa nuestra sino universal. Ya pasó en China un par de meses antes pero tampoco eso supimos verlo. Por encima de las relaciones de pareja (buenas, malas o regulares) sobrevuela una idea mentirosa y romántica del amor. Nos han dicho que el amor es el hormigón sobre la que se levanta una vida en común. Mentira. El amor es ante todo tierra inestable y movediza. Si alguien quiere construir algo sobre el amor tendrá que medir muy bien sus pesos y contrapesos, además de buscarse unos cimientos maleables como el bambú porque, de lo contrario, la casa se le vendrá abajo al poco tiempo. Así lo dicen las estadísticas. Seis de cada diez matrimonios acaban en divorcio y buena parte de ellos duran justamente los seis u ocho años que emplean en la primera crianza de los hijos. Está claro que no somos agapornis pero tampoco somos –y esto parece que no alcanzamos a comprenderlo– los protagonistas de una comedia romántica donde chico conoce a chica y, después de varios enredos, todo termina en boda. El cine es mentira. Jennifer Aniston y Hugh Grant no existen. Alguien tiene que decirlo.

Poseemos una educación sentimental bastante “regulera”. Son siglos asociando el amor a conceptos perniciosos como la posesión, el orgullo y la diferencia de roles entre hombres y mujeres. Una bomba de relojería. Tal vez lo primero que deberían advertirle a las nuevas generaciones es que el amor se parece bastante al yogur: es fresco, sano, con diferentes sabores y, sobre todo, tiene fecha de caducidad. Hay un agapornis volando por ahí que ya lo sabe.

Pues sí, yo creo que el ministro Marlaska miente cuando dice que la salida de Pérez de los Cobos responde a una restructuración en los mandos de la Guardia Civil. Pienso que Marlaska quiere una cúpula a su medida que proteja al gobierno de inesperadas zancadillas ante una legislatura que, según parece, va a ser la más bronca de las últimas décadas. Un ministro no puede parar (ni siquiera entorpecer) una investigación policial. Esa competencia corresponde exclusivamente a un juez. Del mismo modo, la Guardia Civil (o un mando) no puede aprovechar una denuncia para desarrollar investigaciones con intereses políticos personales o de grupo. Lo digo porque parece que el informe filtrado no era lo que se dice ejemplar. Había inexactitudes, alguna que otra falsedad e incluso se daba pábulo a noticias que bien pueden calificarse de rumores. Esta “orientación” en los informes de casos políticos ya la habíamos vivido en otras ocasiones y viene a mostrar algo que el lector interesado conoce de sobra: tanto PP como PSOE tienen su propia “red de lealtades” dentro de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y la usan cuando y como pueden (¡Hola, comisario Villarejo!). En este equilibrio de fuerzas es donde yo enmarco el terremoto de esta semana.

Marlaska ha mentido para justificar la caída de Pérez de los Cobos y la derecha –que busca hacerle pupita en su imagen de hombre cabal– lo acusa de mancillar el sempiterno HONOR (con mayúsculas) de la Guardia Civil. Bueno, un poquito de mesura; ni calvo ni con tres pelucas; una cosita intermedia, como la vida misma. Desde luego, la Guardia Civil está repleta de gente esforzada, vocacional y con una preparación exhaustiva para cumplir con sus variadas (y muy complejas) labores. Tengo amigos guardias y bien sé lo que digo sobre su altura profesional y humana. Ahora bien, sería ingenuo negar que la Guardia Civil, el Ejército y las distintas policías son también caladero de personas sin vocación ni cualificación ni honorabilidad manifiesta que sólo buscan –legítimamente, por supuesto– un futuro laboral más o menos estable. Me acuerdo, por ejemplo, del Guardia Civil de La Manada o del insigne Tejero, que en aras del honor quiso liquidar la incipiente democracia de su querida España. Algún día hablaremos aquí de los graves perjuicios que este concepto de honor castrense ha causado a la economía española a lo largo de los siglos. Miles de honorables militares mamando del estado sin reportar al país más industria que sus partidas de billar en el Club de Oficiales y sus diatribas políticas en casinos de provincias. Así que menos golpes de pecho y más sentido común. A la Guardia Civil le ocurre como al resto de instituciones del Estado. Son entes complejos, de estructura poco flexible, que cuentan entre sus trabajadores con gente maravillosa y también con irredentos villanos. Atribuirle a una institución marchamo de honorabilidad son ganas de jugar al siglo XIX y a los soldaditos de plomo; lo cual, bien mirado, es cosa bastante infantil.