A muchos granadinos no les suena de nada el nombre de Leopoldo Torres Balbás. Y sin embargo debería formar parte de nuestro Olimpo cultural más reconocido (y reconocible) junto a personalidades como Lorca, Falla o Hermenegildo Lanz, por ejemplo. Granada, que a menudo ha sufrido los rigores de la mala pata histórica y el mal gobierno, tuvo un inesperado golpe de suerte allá por 1923, cuando este arquitecto madrileño –salido de la Institución Libre de Enseñanza– recaló en la ciudad para hacerse cargo de la conservación y restauración de la Alhambra. Con él llega el rigor científico a nuestro monumento y una escrupulosidad que, hasta entonces, había sido ignorada en beneficio de unas fantasías orientalistas que quedaban muy bien para las fotos románticas, pero que maltrataban el conjunto arquitectónico. Si la Alhambra es hoy un referente del patrimonio mundial se lo debemos en su mayor parte a Torres Balbás. El patio de Machuca, el Partal, el Generalife o el patio de los Leones no serían lo que son sin la ortodoxia científica de este hombre menudo, con bigotillo de la época y obsesionado por su trabajo. Precisamente fue una intervención en el patio de los Leones lo que llevó a Torres Balbás a las portadas de los periódicos locales en 1934. Decidió sustituir el cupulín con tejas de colores que había en el templete de levante por una cubierta piramidal, más sobria y técnicamente más adecuada. Esa Granada sentenciosa, de formación escasa y eternamente enamorada del rito (y el grito) se conjuró contra el arquitecto conservador de la Alhambra para “tumbarlo”. Su pecado: preferir el estudio riguroso al folclore romántico. También ayudó su condición de forastero y la silenciosa envidia de algún predecesor con mala baba. Sea como sea lo que separó a Torres Balbás de la Alhambra no fue el templete del patio de los Leones sino la Guerra Civil que dos años más tarde llegaría para cerrar definitivamente su ciclo alhambreño.

Todo esto, y mucho más, se puede ver en “La Alhambra en juego”, un delicioso documental que el director y productor granadino José Sánchez-Montes sacó a la luz durante el confinamiento. La película se debería haber estrenado el 10 de abril, pero ante la imposibilidad de una proyección normal Sánchez-Montes decidió colgarlo en Internet. A día de hoy son más de ciento veinte mil los espectadores que han buceado por el idilio entre Torres Balbás y la Alhambra; en este sentido la obra de Sánchez-Montes está contribuyendo de un modo decisivo a que la figura de Torres Balbás llegue a eso que llaman “el gran público”, pues entre los aficionados y estudiosos del monumento nazarí su labor ya era sobradamente conocida. Por cierto, ahora que sale a colación Sánchez-Montes no me quiero despedir sin recordar “Cines del Sur”, ese festival que la Junta dejó morir y que traía a nuestra ciudad historias cotidianas de mundos lejanísimos que, a menudo, están a menos de cinco horas de avión. ¿No era que queríamos la capitalidad cultural? Pues mira, igual está bien recuperar los buenos proyectos perdidos.

La semana pasada se aprobó en el Congreso (sin ningún voto en contra) el Ingreso Mínimo Vital para que 850.000 hogares (dos millones y medio de ciudadanos) tengan un asidero económico al que agarrarse mientras pasa la tormenta de la crisis. También muy sonados han sido los 3.750 millones destinados a impulsar la reactivación del sector del automóvil. Siguen en la mesa los agentes sociales para ver hasta cuándo se prorrogan los ERTES, y no es descabellado que sindicatos y empresarios acaben por convencer al Gobierno y las ayudas se estiren hasta final de año. En lo que respecta al turismo se ha activado un plan de 4.260 millones que, según voces expertas, pueden quedarse cortos. Todos estos datos apuntan a que, en principio, esta crisis no tendrá una salida de corte neoliberal, como la de la década pasada, sino más bien todo lo contrario. De hecho, tampoco la crisis de 2008 tuvo una salida netamente neoliberal. Es cierto que el Estado adelgazó de lo lindo –sobre todo en educación, sanidad y asuntos sociales– pero fue el Estado quien cargó con la convidada de los bancos para evitar que los pequeños ahorradores se fueran a pique. En este sentido podemos decir que el modelo fue mixto (y paradójico): neoliberal de mitad de escalera para abajo y social de mitad de escalera para arriba.

Si miramos con detalle las críticas al Gobierno –buena parte de ellas muy justificadas– apuntan a la gestión de la crisis pero nunca al modelo de recuperación elegido. No se escucha desde la bancada liberal grandes reproches al “intervencionismo” del Gobierno para mantener a flote los sectores productivos del país. Nadie clama: “quédese usted quieto y no meta un euro más, ya se encargará el mercado por sí solo de regular el sector del automóvil”. No, nadie lo dice. Y es que tienen los gurús liberales ese puntillo gracioso. Cuando das dinero callan, cuando pides gritan. Todas sus señorías saben que la mejor solución ante una crisis global es tener un Estado fuerte y solvente, y cuanto más solvente, más rápida es la solución. Cabe recordar que un Estado fuerte no es de ninguna manera una mole paternalista y granítica que dirige la vida de la gente, sino una tupida red de instituciones preparadas para responder a las necesidades “vitales” de una comunidad. En el entrecomillado de “vitales” es donde va lo “social” del asunto. La mejor manera de crear un Estado dinámico y eficiente es invertir en él, dotarlo de personal cualificado y herramientas cercanas al ciudadano. Dice el viejo axioma liberal que el dinero está mejor en el bolsillo de cada cual. Me parece una visión simplista y hasta cierto punto farisea. Digna de colonos del lejano Oeste. ¿Qué pasaría en estas circunstancias con ese dinero tan bien guardado en los bolsillos? ¿Nos salvaría como país? Me temo que no. Precisamos una hucha fuerte, colectiva y bien administrada. No es sólo un cortafuegos a prueba de desastres; es también y sobre todo una forma evolucionada de justicia.

La crispación no surge de un arrebato puntual; no es una “volaera” de fulanito que misteriosamente prende en el ánimo de una sociedad. ¡Qué va! La crispación es un proceso diseñado que persigue un fin concreto, en este caso, tumbar al gobierno. La parte más montaraz de la oposición ha olido sangre y siente que un gobierno debilitado por la gestión de la crisis y por sus propios errores puede caer si se genera un ambiente de fuerte contestación social. Muy bien, en su derecho está cada cual de hacer la oposición que considere, con independencia de las circunstancias por las que esté pasando el país. Conviene no obstante que los instigadores de la crispación estén preparados para caer en su propia estrategia. El viento es caprichoso y no siempre lleva el fuego hacia donde el pirómano quiere. Digo esto porque desde que Vox empezó con su campaña de “cacerolas por España” no hay encuesta en la que no pierda un buen puñado de escaños.

Para construir un estado de crispación lo primero es llevar el lodo al Parlamento; es preciso rebajar al máximo las virtudes del parlamentarismo y utilizar el turno de palabra para tirarse al cuello del adversario; y si puede ser con un insulto travestido de astucia, mejor que mejor. Especialistas en este tipo de fealdades hay varios, pero digamos Abascal, Cayetana y Pablo Iglesias por decir algunos. Este primer indicio de crispación no es preocupante. Se da en todas las legislaturas y forma parte de “show business” de nuestras principales vedettes. Más inquietante resulta el segundo paso, cuando la crispación sale del Parlamento para instalarse en los medios de comunicación. Ahí ya hay que empezar a torcer el morro.

Lo estamos viendo en las últimas semanas. Todo medio, lo reconozca o no –y más allá de informar– funciona como legítimo transmisor de una corriente ideológica. Se sabe que la crispación parlamentaria ha alcanzado a los medios cuando los editoriales se encrespan, cuando los articulistas más sobrios pierden el equilibrio y, sobre todo, cuando las investigaciones de cada cual se cruzan en un baile de filtraciones contradictorias: mis pruebas dicen que Marlaska miente, las tuyas que miente la Guardia Civil. Mis pruebas apuntan a que ya había alarma el 8M, las tuyas demuestran lo contrario. La mayoría de ciudadanos acaban creyendo finalmente lo que quieren creer, porque el baile de datos y medias verdades acaba por desconcertar al lector más avezado.

La fase tercera (y final) de un buen proceso de crispación se alcanza cuando el nerviosismo se instala en las calles, cuando el vecino te suelta una chapa política en el ascensor sin que tú le hayas pedido opinión, cuando una bandera deja de ser un símbolo general para convertirse en uno particular (y discriminatorio: discrimina a los que sí de los que no); en definitiva, cuando la bulla política atraviesa la pantalla de la tele y se instala en la mesa del comedor. No se sabe de antemano quién gana en estos procesos de crispación pero sí quién pierde: la concordia y la verdad.

El otro día, mientras daba un paseo por el Realejo, me fijé en un curioso cartelito que anunciaba la desaparición de un agapornis. Si alguien lo encontraba debía llamar a un número de teléfono. Sería recompensado. Son los agapornis unos loritos muy simpáticos cuya principal cualidad estriba en una testaruda monogamia. Dice la leyenda que si uno muere el otro se precipita de cabeza a la misma muerte porque, sin su lorito del alma, la vida carece de sentido. De hecho se les conoce vulgarmente como “inseparables”. Pues bien, parece que un agapornis granadino ha roto con siglos de herencia genética y, después de dos meses y pico de confinamiento, le ha dicho a la pareja “ahí te quedas, prenda, que yo me largo”. Lo que suena a chiste para los agapornis no lo es en absoluto para los humanos. La cuarentena ha generado un desbarajuste sentimental sin precedentes en el “cuore” de los españoles. La “obligación” de compartir las veinticuatro horas del día les ha servido a muchos –más allá de ordenar el trastero– para pasar el trapo por el espejo empolvado de su relación y ver lo que llevaban tiempo sin mirar: la realidad. Es en este punto donde cobra sentido el verbo “convivir”. El prefijo “con” nos anuncia la presencia insoslayable del otro. “Vivir” es relativamente sencillo; lo difícil es “convivir”, o sea, asumir al otro en toda su complejidad. Qué lista la lengua, ¿verdad?

No es una cosa nuestra sino universal. Ya pasó en China un par de meses antes pero tampoco eso supimos verlo. Por encima de las relaciones de pareja (buenas, malas o regulares) sobrevuela una idea mentirosa y romántica del amor. Nos han dicho que el amor es el hormigón sobre la que se levanta una vida en común. Mentira. El amor es ante todo tierra inestable y movediza. Si alguien quiere construir algo sobre el amor tendrá que medir muy bien sus pesos y contrapesos, además de buscarse unos cimientos maleables como el bambú porque, de lo contrario, la casa se le vendrá abajo al poco tiempo. Así lo dicen las estadísticas. Seis de cada diez matrimonios acaban en divorcio y buena parte de ellos duran justamente los seis u ocho años que emplean en la primera crianza de los hijos. Está claro que no somos agapornis pero tampoco somos –y esto parece que no alcanzamos a comprenderlo– los protagonistas de una comedia romántica donde chico conoce a chica y, después de varios enredos, todo termina en boda. El cine es mentira. Jennifer Aniston y Hugh Grant no existen. Alguien tiene que decirlo.

Poseemos una educación sentimental bastante “regulera”. Son siglos asociando el amor a conceptos perniciosos como la posesión, el orgullo y la diferencia de roles entre hombres y mujeres. Una bomba de relojería. Tal vez lo primero que deberían advertirle a las nuevas generaciones es que el amor se parece bastante al yogur: es fresco, sano, con diferentes sabores y, sobre todo, tiene fecha de caducidad. Hay un agapornis volando por ahí que ya lo sabe.

Pues sí, yo creo que el ministro Marlaska miente cuando dice que la salida de Pérez de los Cobos responde a una restructuración en los mandos de la Guardia Civil. Pienso que Marlaska quiere una cúpula a su medida que proteja al gobierno de inesperadas zancadillas ante una legislatura que, según parece, va a ser la más bronca de las últimas décadas. Un ministro no puede parar (ni siquiera entorpecer) una investigación policial. Esa competencia corresponde exclusivamente a un juez. Del mismo modo, la Guardia Civil (o un mando) no puede aprovechar una denuncia para desarrollar investigaciones con intereses políticos personales o de grupo. Lo digo porque parece que el informe filtrado no era lo que se dice ejemplar. Había inexactitudes, alguna que otra falsedad e incluso se daba pábulo a noticias que bien pueden calificarse de rumores. Esta “orientación” en los informes de casos políticos ya la habíamos vivido en otras ocasiones y viene a mostrar algo que el lector interesado conoce de sobra: tanto PP como PSOE tienen su propia “red de lealtades” dentro de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y la usan cuando y como pueden (¡Hola, comisario Villarejo!). En este equilibrio de fuerzas es donde yo enmarco el terremoto de esta semana.

Marlaska ha mentido para justificar la caída de Pérez de los Cobos y la derecha –que busca hacerle pupita en su imagen de hombre cabal– lo acusa de mancillar el sempiterno HONOR (con mayúsculas) de la Guardia Civil. Bueno, un poquito de mesura; ni calvo ni con tres pelucas; una cosita intermedia, como la vida misma. Desde luego, la Guardia Civil está repleta de gente esforzada, vocacional y con una preparación exhaustiva para cumplir con sus variadas (y muy complejas) labores. Tengo amigos guardias y bien sé lo que digo sobre su altura profesional y humana. Ahora bien, sería ingenuo negar que la Guardia Civil, el Ejército y las distintas policías son también caladero de personas sin vocación ni cualificación ni honorabilidad manifiesta que sólo buscan –legítimamente, por supuesto– un futuro laboral más o menos estable. Me acuerdo, por ejemplo, del Guardia Civil de La Manada o del insigne Tejero, que en aras del honor quiso liquidar la incipiente democracia de su querida España. Algún día hablaremos aquí de los graves perjuicios que este concepto de honor castrense ha causado a la economía española a lo largo de los siglos. Miles de honorables militares mamando del estado sin reportar al país más industria que sus partidas de billar en el Club de Oficiales y sus diatribas políticas en casinos de provincias. Así que menos golpes de pecho y más sentido común. A la Guardia Civil le ocurre como al resto de instituciones del Estado. Son entes complejos, de estructura poco flexible, que cuentan entre sus trabajadores con gente maravillosa y también con irredentos villanos. Atribuirle a una institución marchamo de honorabilidad son ganas de jugar al siglo XIX y a los soldaditos de plomo; lo cual, bien mirado, es cosa bastante infantil.

Llevo toda la semana leyendo artículos a cuenta de las cacerolas en el Barrio de Salamanca. Muchos tienen un sesgo de mofa porque, ciertamente, resulta anómalo que tanto potentado se sirva de un medio tan “pobre” para mostrar su indignación. Pero, ¿son todos “señoritos” y “señoronas” los que protestan en Núñez de Balboa? Conviene responder a esta pregunta antes de lanzarse al chiste. Recuerdo el desprecio y la burla con que las clases altas madrileñas (y por extensión del país) leyeron las acampadas del 15M. En su imaginario clasista sólo había dos perfiles: perroflautas y yayoflautas. Resultó luego, cuando empezaron a contarse los votos de Podemos, que la simpatía por el movimiento era mucho más transversal que la foto fija de las plazas (aunque bien es cierto que pronto se encargaron los morados de mandar al carajo esa transversalidad). El asunto no está pues en que cuatro adinerados salgan a la calle a protestar, sino en saber cuántos curritos y gente humilde les compran los argumentos. Porque en una situación tan dramática como la actual los discursos binarios y falaces (bueno/malo, blanco/ negro, vulva/pene…) arraigan en los desesperados que, a menudo, precisan un motivo contundente para su desgracia y un muñeco de trapo al que apalear. Es ahí cuando el chiste se desvanece y la sonrisa se hiela. Se equivoca pues quien piense que Vox (partido elitista donde los haya) está alentando estas manifestaciones para abonar la fidelidad de la Milla de oro –no, esa fidelidad ya la tenía asegurada antes incluso de conformarse como partido político–; el objetivo real de Vox no son los ricos sino los pobres y, sobre todo, ese segmento de la clase media que ahora sufre por la falta de ingresos.

Otra lectura errónea con respecto a estas manifestaciones es pensar que su meta política estriba en la caída de Pedro Sánchez. No tal. Lo que Abascal persigue realmente es capitalizar el descontento de toda la derecha en siglas propias y, por lo tanto, pegarle un buen mordisco al PP. Se encuentran de nuevo los populares ante una encrucijada de difícil solución. Si se echan al monte con Vox desvirtúan su imagen de partido serio y responsable, pero si no aparecen en la foto dándole fuerte a la cacerola les tildarán de “derechita cobarde”. ¿Qué hacer? Puede resultar paradójico pero la existencia de Vox le ofrece al PP una oportunidad inédita para convertirse en ese partido europeo y moderno de centro-derecha que nunca fue. Abandonar de una vez el lastre del filofranquismo y dejárselo en herencia a Vox, descargarse para siempre de antiabortistas, ultracatólicos y de todos esos chiringuitos que han abonado durante años con alegría presupuestaria. El centro está vacío (Ciudadanos cuenta poco), lo tienen ahí, a la altura de su mano. Se precisa para el viaje mucha pedagogía interna y, sobre todo, líderes centrados que ni teman ni se apoyen en la ultraderecha.  ¿Ven ustedes a Casado, Ayuso y García Egea en esa onda? Pues eso, seguirán aporreando la cacerola…, y perdiendo.

“De aquellas lluvias, estos lodos” dice el refrán. Ya empezamos a saber que la lluvia de ayer fue la crisis de 2008, mientras que los lodos de hoy son una sanidad pública deteriorada y un empleo sumamente quebradizo. Conviene recordar que las recetas para salir de la pasada crisis fueron, entre otras, una drástica reducción del gasto público (los conocidos recortes) y la flexibilización del mercado laboral para hacerlo más versátil y dinámico (qué bonitos eufemismos). Todo ello empujó en una misma dirección: el desmantelamiento silente y paulatino de la mejor idea europea del siglo XX: el Estado del bienestar.

En lo que se refiere a la sanidad el deterioro fue unánime. Todos los gobiernos (autonómicos y centrales) recortaron las prestaciones sanitarias de sus ciudadanos. Algunos como el catalán y el madrileño lo hicieron con chulería, otros como el andaluz de tapadillo; pero todos devaluaron, a sabiendas, la calidad del sistema. Eso es una verdad demostrable con cifras que los profesionales de la salud vienen denunciando desde entonces sin descanso ni fortuna. No obstante el mantra de “nuestra sanidad está entre las mejores del mundo” siguió floreciendo en boca de ministros y consejeros hasta ayer mismo, cuando nos topamos con la macabra realidad de ser el país con más sanitarios infectados; y eso tiene que ver directamente con la falta de material, que a su vez es consecuencia de la falta de inversión; es decir, de los famosos recortes. Poco más que añadir en ese sentido.

En lo que respecta al desempleo, tres cuartas de lo mismo. Las soluciones que se articularon tras la crisis del 2008 nos dejaron una nuevo tipo de asalariado hasta entonces desconocido: “el infratrabajador”. Personas con empleos precarios e intermitentes, incapaces de ahorro, ni de ensoñación económica de futuro, pues gastan justo lo que cobran. Personas cuyas condiciones de contratación están perfectamente diseñadas para no generar ningún tipo de subsidio o cubertura social. Muchos de estos ciudadanos pueblan hoy las colas de los diferentes Bancos de alimentos. En Granada concretamente 50.000 usuarios, un 30 por ciento más que antes del Covid-19. Honestamente, me pregunto qué diría Pablo Iglesias sobre estas colas si estuviera en la oposición. Imagino que pondría el grito en ese cielo que todavía no ha conseguido asaltar del todo. Ahora sin embargo mantiene un perfil burocrático (y apesadumbrado) digno de todo mandatario en tiempos de crisis. Qué difícil “hacer” y qué fácil “gritar”, ¿verdad, Pablo? No obstante puedes ahora gritarte a ti mismo. A fin de cuentas eres ministro de Derechos Sociales. Seguro que te escuchas. Te gusta escucharte.

“Colas del hambre” las llaman y me parece cruel porque se pone el acento en la necesidad del individuo, que es vulnerable y está ahí contra su voluntad. Mejor podían llamarlas “colas de la inoperancia política” o “de las reformas laborales” o “de su emérita majestad metiendo millones en Suiza”. Igual así se daba una visión más aproximada de los motivos profundos que obligan a cientos de ciudadanos a ponerse en fila de a uno para recoger tarros de legumbres.

Seguro que le ha ocurrido alguna vez: el día está precioso, el cielo limpio de nubes y veintitantos grados en la pantalla de su móvil. De repente, como un extraño presagio, empieza a dolerle el juanete, o la cadera, o aquel tobillo que se torció de joven. Dos días más tarde, sin remedio, bajan las temperaturas y cae un tormentazo. ¿A que sí? Pues algo similar me ha sucedido a mí esta semana con la votación para la prórroga del estado de alarma.

Hoy, después de muchos días, vamos a salir a la calle con precaución pero sin miedo. Empezamos el regreso a una normalidad de incierto futuro. La vida vuelve a estar ahí, a un palmo de nuestras narices y nos precipitamos sobre ella con alivio y sin remedio. Yo quiero sin embargo suspender un instante este reencuentro. Detener el tiempo el par de minutos que dure la lectura de este artículo para centrarme en los muertos. Única y exclusivamente en los muertos. Porque tengo la impresión de que hemos hablado poco de ellos, de que pronto los hemos enviado al limbo helador de las cifras, allí donde nuestra piedad, como un terrible ábaco, se mueve a golpes de centenas (cuatrocientos: bien; trescientos: un alivio; doscientos: un éxito). No es culpa de nadie, forma parte de la lógica terrible de una pandemia. Lo prioritario no es el muerto sino el moribundo, y la lucha por intentar regresarlo a la vida. Pero este súbito olvido del cadáver, este arrinconamiento en la estadística afecta a un pilar fundamental de nuestra esencia humana: las honras fúnebres. No es baladí, se trata de un sentimiento remoto, una voluntad que viene con nosotros desde el origen. De hecho, las catástrofes humanitarias no se definen sólo por la acumulación de cadáveres sino también por la imposibilidad de los vivos para ejercer su derecho a una despedida digna. Si se nos hurta el adiós nos vemos mutilados en nuestra condición de Sapiens. Es por eso que duele tanto.

Le ha ocurrido a mi amiga Reme, que perdió a su madre en Granada, a mi amigo Juan, cuyo padre murió en la Castilla manchega y a mi amigo Lluís que dejó a su padre para siempre en Barcelona. Y como ellos, miles y miles de ciudadanos que nunca pasaron a nuestro lado pero cuya desgracia, creo, merece una reflexión colectiva. No es sólo un minuto de silencio. A estos muertos les debemos el reconocimiento de que sólo un estúpido golpe del azar los ha derrumbado; un estúpido golpe del azar que se cebó con ellos en lugar de matar a nuestra madre o a nuestro padre. Esa compasión sincera se la debemos. Ese abrazo, ese deseo de paz y descanso.

No obstante, no faltan los tarados en medio de este duelo. Gente que cuenta de reojo los muertos diarios porque –quién lo duda– eso acelera la caída de este gobierno “terrorista e independentista”. O gente que cuenta de reojo los muertos estadounidenses para ver reforzados su argumentos sobre Trump, el capitalismo yanki y la importancia de una buena sanidad pública. No, los muertos de esta pandemia no se tachan de ninguna lista nacional o partidista sino del grueso de la humanidad. Siempre ha sido así, en todas las catástrofes. Quien no entienda esto debería ir al psicólogo en cuanto abra la consulta o al oculista o sencillamente borrarse de Whatsapp y dejarnos en paz de una vez. Utilizar a los muertos en provecho propio. Otra vieja costumbre humana…, y miserable.

Soy escritor y defiendo –cómo no– el uso de las metáforas para facilitar la comprensión de situaciones complejas. Es una de las grandes virtudes de las lenguas y en España, especialmente en Andalucía, somos metafóricos a más no poder. Así, una persona atractiva es un bombón, una fea un callo malayo, con cada problema nos comemos un marrón y el vecino de arriba está “grillao”, aunque no lleve grillos (esposas) para contener su locura. Desde el inicio de esta crisis políticos y opinión pública se han dejado caer en brazos de una metáfora errónea: la guerra. Nos dicen que combatimos contra el virus, que el confinamiento es nuestra mejor arma, que los sanitarios están en la trinchera y que finalmente, con la fuerza de todos, derrotaremos al enemigo. Sin embargo sabemos –es por eso que estamos confinados– que esta situación sólo se puede resolver con el compromiso colectivo y la responsabilidad cívica de cada ciudadano (conceptos ambos muy alejados del belicismo). Por eso, si se quiere buscar una metáfora efectiva lo correcto sería hablar de paz o “pacificación”, porque nunca en la Historia contemporánea se ha tenido una oportunidad tan flagrante para superar conflictos y extender la solidaridad humana como la que nos ofrece el Covid-19. Dado que la Pandemia es global, la solución también puede serlo. En este sentido les invito a leer el discurso que el sábado pasado les endilgó a los alemanes Frank-Walter Steinmeier, su presidente. Explicaba, con una sencillez magistral y un poso de autenticidad que ya quisieran para sí Felipe VI o Pedro Sánchez, que los alemanes estaban obligados a ejercer la solidaridad con sus socios europeos porque “Alemania no puede salir fuerte y sana de la crisis si nuestros vecinos no salen fuertes y sanos”. Parece de lógica, ¿verdad?, ¿a quién carajo le vendo lo que produzco si un empobrecimiento general me deja sin compradores? ¿Cómo voy a Mallorca sin cooperar con el gobierno español para que Mallorca no se hunda? Steinmeier lo deja claro: “no estamos ante una guerra sino ante un test de nuestra humanidad”.

Yo estoy con el presidente alemán, no obstante me parece que ambos –y por seguir con las metáforas– nos vamos a quedar con un palmo de narices; entre otras cosas porque no existe un liderazgo claro que defienda esa cooperación global. Europa se encuentra ante una magnífica oportunidad para abandonar la intrascendencia internacional de las últimas décadas y abanderar una política moral de progreso. La humanidad precisa de alguien que tire de ese carro. China no es fiable, entre otras cosas, por su falta de democracia; EEUU está en manos de un señor con muy dudosas facultades para la gestión de cualquier tipo de problema (incluido cocer un huevo); y de Rusia y su Zar mejor no hablamos. Es decir, si Europa no se atreve a tomar las riendas corremos el riesgo de volver de cabeza al siglo XX, Eso sí, sin Picasso ni Beatles ni Lola Flores ni Ingrid Bergman. Un mojón, vamos (otra metáfora).